Viaja: Has nacido en el mundo



Salir de viaje hacia la selva, a un lugar desconocido donde se llega únicamente por bote y luego de caminar 3 horas con un machete "bien parido" -como dice Mirela-, parece un viaje difícil. Y si, además de eso, tenemos que soportar lluvia y serpientes en el camino, ya se asemeja a una hazaña de película que tal vez no quisiéramos hacer en nuestras vidas.


Lo cierto es que hoy, luego haber pasado tantas aventuras llenas de miedos, tormentas y a veces llantos, agradecemos mucho a ese ser dentro nuestro que siempre nos dice: "Viajemos, ¡por favor!"


Y al final, cada llanto ha sido recompensado con fogatas de celebración bajo la luna. Cada tormenta, con baños termales en el corazón de los Andes. Y cada temor, con paisajes tan hermosos que jamás podremos describir con palabras.


Y pasa que, hemos nacido con piernas hechas para andar entre 5 y 20km diarios. Tenemos ojos y piel que disfrutan mucho la luz natural y gracias a ella, generan vitaminas en nuestro cuerpo. Nuestro cerebro está diseñado para aprender en base a la experiencia y el uso de todos nuestros sentidos. Y nuestro espíritu es curioso y un gran explorador. Sólo hace falta recordar cuando éramos niños para darnos cuenta que tal vez hemos perdido parte de nuestra esencia, parte de la libertad con la que nacemos.


Nosotros hemos tenido el honor de conocer a incontables viajeros de este planeta. Personas que llevan toda una vida caminando por la tierra y navegando sus aguas. Una de ellas se llama Mirela. Una mujer muy hermosa y sabia. Nació en Rumanía y ha viajado siguiendo sus pies. De alguna manera, llegó a Perú y a nuestras vidas. Su historia, seguro que da para escribir por lo menos un par de libros y nos alegra pensar que nosotros apareceríamos en alguna de esas páginas.


Mirela es salvaje y fuerte, y a la vez delicada y alegre; opuestos que la hacen un ser muy especial. Su presencia nos llena de energía, como el fuego que siempre calienta su alrededor. Uno la mira, y ella sonríe. No hay máscaras en sus ojos, te deja navegar en sus pupilas y te abraza su sabiduría. Una sabiduría que le brindaron sus padres y abuelos, sus hermanas, sus viajes, su infinito caminar, y ahora, una gran maestra que la acompaña desde hace 13 meses.


Laia es su hija, la bebé que más he querido en mi vida. La gran fuerza de Mirela hizo que decidieran tener un parto natural al otro lado del mundo de donde había nacido, en un pueblito llamado Langla, en nuestra casa y siendo más específicos, en el cuartito mágico en el que ahora escribo este texto. Laia me visita en sueños de vez en cuando y jugamos en bosques que ella escoge. Creo que sabe que cuidamos mucho este espacio de barro y paja en el que quiso nacer. Jamás había sentido una presencia que transmita tanta paz como la que emana Laia. Su mirada me hipnotiza y me calma. Sus ojos pueden ver a través de las cáscaras con las que ando y me sonríe sin entender porqué me cubro tanto si puedo andar desnudo, vulnerable.


Ambas mujeres, son un ejemplo de libertad pura y dos de nuestras maestras más sabias. Nos enseñan que los límites de países son puras líneas imaginarias y que la llegada de un ser a este mundo, es sagrado.


Si luego de saber que ellas existen, aún sienten temor a viajar, empiecen poco a poco. Sin pensar todavía en esa selva llena de lluvia y serpientes; sino, en lo bonito que es poner música y salir a caminar sin rumbo y sin hora de retorno. Pronto, llegarán a la selva y se darán cuenta que la lluvia aparecía sólo para limpiarlos y las serpientes, para avisar que estaban caminando muy apurados.

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